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domingo, 16 de junio de 2013

Horas de Venecia







Vinieron a buscarnos, 
vendrán;
ansiosos de pasado, de horizontalidad
con el fracaso latiendo en su centro.
Ese equilibrio suyo será el lastre que nos dé ventaja
como cada mañana decorada de hazaña
como detrás, debajo y encima de las sábanas.

Estamos fuera de su alcance, cabalgando
en gemidos 
que hacen brillar la noche
al modo del vidrio soplado.


Aunque me hables de sus pasos 
que te siguen cuando nos separamos,
yo seguiré admirando prodigios
en tus labios
a resguardo de las aguas grises
que crecen como el calendario.

Tengo, guardadas en ti, horas de Venecia

de pleamar sin olas
y caricias arenosas de playas de levante
que iluminaban tus ojos cuando te reías.
Miradas tuyas tengo que se pierden en la estela
espumosa,
aquella
que hablaba de rumbos en pasado,
que era puro aroma para la vista.

Quisieron quitármelas,
querrán.

Íntimos miedos,
viejos pecados
de quebrado horizonte.
Esos recuerdos nuestros serán la niebla
en que pierdan el rastro
de mis latidos
de tus destellos.

Puse marcas en los mapas con los besos

que nos dimos;
aquellos
que dilataban pupilas
como corazones.
Rastros dejé de tus ojos
que teñían los ríos
como en Canaima.
Cerezas de cielo y agua
dichosas de caricias,
cálidas
por el abrigo de tus párpados.


Buscaron mis caminos,
buscarán
enfebrecidos de falsa geografía.
Distancias,
desencuentros,
agitar de manos con la vista nublada.
Sus coordenadas serán el laberinto
que les aleje de nosotros
por siempre.

Enredé mechones tuyos en las fronteras,
en el contorno de las islas
y en los puentes del Sena.
El agua les saluda
como si no hubiese relojes.
Hay todavía violines que guardan
notas de la voz tuya
sin saber que no estás ya en Praga.
Hacías vibrar el aire
cuando pensabas nombrarme
y sólo yo lo escuchaba.


Causaron heridas crueles
las causarán.

Pero no temas, amor,
los nombres nuestros
que conservan los registros,
no sabrán pronunciarlos
aún estando escritos
no podrán decirlos;
el tuyo no es de su mundo,
el mío, salvo en tus labios,
no tiene sonido.

                                                      R.


(No les dedico ni el olvido

a las miradas turbias,
al charol de sus pisadas.
Sé lo que quieren robar.)