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SUEÑO DE OTOÑO.







PARTE I. MELANCOLÍA

A base de acumular viejas revistas, la sala de espera se había convertido en una cápsula del tiempo. Las miradas viajando desde el pasado del papel cuché al futuro de la pantalla de citas. Con billete de ida y vuelta. Así esquivan los pacientes ese presente de tiempo muerto, el que más mata. Tal vez el próximo sea mi turno, tal vez.
Podía ella adivinarlos, sentados en las filas de asientos gastados, en un orden oculto como las cuentas de un ábaco; ajenos al drama tras la puerta. El rótulo: Consulta 9. Doctor M.A. Prado Gravina, era todo lo que podían saber. Quizá alguno guardase una imagen vaga de que la última en entrar había sido una mujer. Años atrás nadie habría dejado de fijarse. Ella seguía usando el mismo perfume, pero aquellos tiempos habían pasado.
Parapetado en sus bifocales, el médico no tuvo piedad. Tras haberle visto herir el papel con dos estocadas azules, cualquiera habría apostado a que así iba a ser. Incluso ella. Y habría ganado. Una vez más fue descarnado, como tantas otras tardes a partir de las seis treinta, hora del reloj de su pared. Esa hora en que, antiguamente, habían muerto ya los seis toros, seis. El doctor imaginaba pañuelos blancos despidiendo a su exhausta empatía. Arrastrada por las mulillas. Sólo la ciencia cruda permanece, indiferente, como el rastro del cuerpo del toro sobre la arena. Si no podía o no quería era la controversia entre el personal. Ignorantes todos de ese resorte horario culpable de su sequía verbal.
"Diagnóstico: Melancolía aguda. Pronóstico: Grave.” Y remachó “No es terminal... aún''. Sin respirar, ni en los puntos suspensivos. A ambos lados de la mesa faltaron los parpadeos. Una ausencia impertinente, casi sólida, como la de los aplausos cuando el telón ha caído y se queda ahí, haciendo frontera entre dos silencios. Sobre sus cabezas, por contagio o por respeto, un viejo fluorescente detuvo también su tartamudez cilíndrica. Habría querido retocar el carmín con su lápiz de labios. Pero no pudo ni abrir su bolso. Paralizada, buscó mentalmente un disfraz para tan brusca combinación tonal,  lo agudo que se hace grave. Como un coche pasando.
Con la mano izquierda, imaginando un pase de pecho, el doctor deslizó el papel. De lado a lado. Un relámpago sin trueno. Paró en el borde, lo giró para ofrecer el texto, un par de garabatos violando la blancura. Sangrantes, pero en azul. Un azul claro, el mismo color de las iniciales bordadas sobre su bata.  Blanca, pero no tan blanca, se dijo ella.  Llevó sus ojos desde la pulcras mayúsculas, M.A.P.G. hasta la endiablada caligrafía, cicatrizada sobre el papel.

Fuera flores de plástico y revistas, inmortales. Los pasajeros de la cápsula matando el tiempo en sus hileras de asientos clonados. Un suicido colectivo. El conteo de las citas avanzaba, desafinando sobre la música ambiental. Por dentro, la lucha de los instintos. El deseo de encontrar escrito lo contrario de lo que acababa de oír. La tentación de leer. El miedo a caer en ella; ¡el miedo!… subiendo vertical desde las ingles, como las chispas de una mecha. Una inesperada metáfora le asaltó: La breve caída del ahorcado mientras duda si se romperá la cuerda.

En la pared solo un "tic", sin "tac". Su cuerpo inició la conocida letanía, en el idioma antiguo que nunca se olvida. Los latidos retumbando dentro del cráneo. El aliento escapándose, sin esperar a nadie, como huyen los cobardes cuando van a ser descubiertos. La frustración final de no poder leer, de sentirse analfabeta. Todo en un suspiro. La cuerda intacta. Las pupilas dilatadas, ocultas e inútiles bajo la capucha. El grave peso de la aguda melancolía apretando más el nudo.

Por la ventana ese celeste, llamando a la oración. Teñido de eternidad, a fuerza de cercanía con Él, se cree ser Dios. Inspirador de infinitos, redil de esperanzas para tantos humanos. También de las suyas. Buscó, a manotazos invisibles, alguna a la que asirse. En vano. Estaban sin estar, como las estrellas a mediodía.
Tuvo la sospecha de que era sólo para ella. Celeste privado que, descuidado en su soberbia, se dejaba rasgar en blanco por los gases paralelos de un avión. Nadie en el interior supo nunca de la escena. El piloto no avisó. Su "Estamos siendo contemplados" no pasó de ser un pensamiento. Más tarde, en la vista judicial, ningún pasajero pudo alegar aquella mirada para atenuar la condena por rasgar los cielos. En las pantallas de citas, los turnos pasaban sin respuesta.

Sonó el "tac". Simetría de cielo y mesa, fotogramas en negativo. Hubiera pensado que nada es tan propio de los dioses como la simetría. Hubiera pensado... si el laberinto no se le hubiese colado hasta el centro. Esferas dentro de esferas. Nueve. El infierno de sus miedos.

Ella miró al doctor pero ya no estaba. Tan solo, celestes, las cuatro letras  M.A.P.G. y dos parabrisas graduados, simétricos. Suspendidos en el aire. En silencio. Con ese brillo matizado que avisa de que no es tan frágil su transparencia. Pensó en la insondable curvatura oscura de los ojos de los ciervos. Al fin parpadeó. Buscó el papel, la mano, la mesa, el reloj y su pared, el papel otra vez, aquel celeste rasgado... Nada. Sola en la silla auguraba dura condena para los herejes del avión. Unos de pasillo, otros de ventana. Cada uno con su doctor. Cada uno con su dolor.

Quiso levantarse pero ya estaba en pie. Imposible correr, también. Las piernas trabadas en un aire denso, como de miel vieja. Ecos de la palabra “huir”, cada vez más fieros, con ella en el centro. Inmóvil. Las piernas queriendo obedecer sin saber hacerlo. Todo había escapado, salvo el tic-tac. Entonces llegó el grito, una onda potente de una sola vocal, desde muy adentro. Reventó las esferas. La liberó del sueño.

Sus manos desde la cara al embozo. Tomó aliento al palpar las piernas cuando retiró las sábanas. Los pies desnudos buscando al tacto las zapatillas. El tedioso desgranar nocturno del reloj de la pared. Bisílabo. Indiferente. Todo a oscuras... Pero todo estaba allí, las estrellas en el cielo y sus gafas sobre la mesilla. Despierta pero enredada en la lógica de los sueños y la madeja de la rutina. Las pesadillas se llevan mal con la luz, aunque sea eléctrica. Encendió, al fin, la lamparita.



PARTE 2. BUCLES


Se sentía muy lúcida, con el estallido de aquella pesadilla chispeando aún en las retinas. Al entrar en la cocina notó que una extraña habilidad de pensar sin palabras se había apoderado de ella -El halo de los dioses nos roza a veces- No iba a durar. Con voz simple, leve, cotidiana, el ronroneo del frigorífico lo anunciaba: “si es bueno, será breve”. Fría sabiduría manando de tan prosaico aparato. No le causó sorpresa. En los estudios periciales se achacó, después, tanto aplomo a un efecto secundario del discurrir sin palabras. Los expertos lo dejaron ahí, sin adentrarse en la causa de ese secundario efecto.  Nadie escribió en el atestado ni en el sumario algo como “contacto intelectual con entes sobrenaturales”. Tampoco sus superiores insistieron.

-Induciéndonos a dudar de si, además de frío, encierra tinieblas, el frigorífico siguió sin preocuparse de otra cosa que no fuese su  viejo afán por atrapar luciérnagas. Pero esa es otra historia.-

En su cocina, sin la atadura de las palabras, ella disfrutaba del pensar libre y simultáneo. No iba a durar. Aquel poder era demasiado bueno para no ser breve. Pudo deleitarse, no obstante, y sonreír por la ironía. Siglos de geómetras y físicos, de férreas leyes probadas, engarzadas en fórmulas eternas…para que, al final, la verdadera regla inamovible y universal fuese la del poeta.

Miró el reloj, redondo, como una luna llena colgada de la pared. Desde que, siendo muy niña, su madre trató de enseñarle el juego de las dos agujas, del doce y del sesenta, de los cuartos y las medias, estaba convencida de que los relojes son traicioneros. Hubo novios mirando su portal y azafatas a punto de cerrar la portezuela que sufrieron las consecuencias de esa convicción suya. Por eso no le extrañó que en la cocina reinase la hora de algún lejano lugar, muchas millas al oeste. Siempre es madrugada en alguna parte.
Aún no había tomado café pero, sin una sola palabra, en el último instante de aquel roce con los dioses, cayó en la cuenta: Tantos años tejiendo gestos, dándoles nuestro apellido, cuidándolos para que crezcan y, sin embargo,  ninguno nos protege cuando nos gana el sueño. Dormidos, quedamos a merced de lo olvidado. El mudo remordimiento por aquello que ya nunca podremos reparar, nos vuelve a visitar cuando estamos desarmados.
Cada despertar, otra rutina… que pretende ser la misma. Queremos llamarla vida, pensamos que nos cobija, que ver volver es vivir. Como cantó una pequeña rapaz, poeta a ratos perdidos. Pero no son bucles, no. Son escaleras de caracol. Una noche cualquiera, en medio de dos escalones, brota la pesadilla. Sin avisar. Germina por una canción, un aroma, un encuentro. ¿Quién sabe? Puede ser por un borgiano espejo en Buenos Aires que nos dice, sin hablar, que es la última vez que en él nos vemos. La añoranza de aquel bendito tiempo de asimetrías, con muchos más futuros que pasado: La melancolía. Llevadera. Leve. Con esa virtud suya de retirar el salitre de las lágrimas. La que se invita sola y se aposenta en el interior de nuestra garganta cuando nos vemos en antiguas fotografías.

PARTE 3.  Coincidencias.

No iba a ser capaz de escapar al noveno infierno. De repente lo supo, vio los círculos concéntricos, cada vez más profundos, cada vez más oscuros. Y sintió la punzada del miedo a no tener ya tiempo. Como un puñal que, tras herir, se retira dejando un estrecho vacío. La carne hendida, ansiando la hoja de metal, el dolor no es más que esa afilada ausencia.
Por esa llaga se estaba desangrando ella. Todas sus píldoras ya no podían protegerla de esa mortal fuga. La amargura por dentro, las lágrimas por fuera. Como un torrente. Arrastrando los vestigios de toda molécula sintética, tras tanto tiempo de sequía. La melancolía. Atroz. Aguda. Tiñendo con hiel el salitre del llanto. La añoranza de lo no vivido…la certeza de haberlo perdido. Una vez la tienes delante, no la puedes driblar, se dijo. Ella ni siquiera lo intentó.

Reparó en las proporciones de las cajas de medicinas. Fuera, el largo es al ancho como el ancho al profundo. Dentro el juego cuántico de los prospectos que están a la vez en ambos lados, hasta que las abrimos. Pulcramente escritos. Cargados de precauciones, incompatibilidades y posibles efectos secundarios. Jeroglíficos que son escudos. Coartadas. El signo de nuestro tiempo.

Presumía de leerlos todos. De conocer los componentes y la posología. Algo así imaginó el inspector encargado de la investigación. De qué otro modo explicar tantos prospectos desdoblados sobre la mesa de aquella cocina. Contó nueve. Y las nueve cajas abiertas por ambos lados. Todo lo registró en su informe. Todo menos que, con un gesto involuntario, bajó el volumen de la radio, mientras el locutor repetía lo del extraño accidente aéreo de la noche anterior. Pensó en los que habían muerto sin quererlo en el mismo minuto que ella había elegido para detener sus latidos. Una simple coincidencia. Como que las cuatro letras que ella había dejado escritas al final de cada prospecto, con tinta azul, coincidiesen con las iniciales del doctor judicial: M.A.P.G. rezaba la firma al pie del informe forense. Hubiese querido preguntarle por su nombre completo pero, cumplida la rutina, el doctor estaba ya lejos, envuelto en su ambulancia.

Otra coincidencia, sin duda.
¿Qué otra explicación podría haber?

Todo quedó registrado, todos los informes se archivaron, ordenados según las claves de clasificación. Ni los que los escribieron ni los que los leyeron, ni los testigos ni el fiscal, supieron nunca imaginar que ella  había escrito una vez y otra aquellas cuatro letras como el INRI azul de su muerte: Melancolía Aguda. Pronóstico Grave.

R.