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jueves, 3 de noviembre de 2011

Las secuelas del incesto anidan en el subconsciente durante los meses de calor


Por Rebeca Álvarez Casal del Rey

http://lanochedeperfil.blogspot.com/


El interruptor de la lámpara, compañía
de cama. Silencio.
Algo bulle a lo lejos en el fondo del sueño.

La superficie
del agua
parece una capa sólida
que pudiera levantarse con las manos. Trepanación.
Su oscuridad
podría esconder
algo.

Una existencia inmóvil
aguarda. Seres
prediluvianos y dentados.
Sólo saber
que están ahí, que existen,
hace despertar.
El sudor, el pánico, el grito. La luz.
Siempre la luz
y su eterno idilio con la mano.

Demasiados
documentales. El sexo
supone conversación y tiempo
cuando se practica en compañía.      

¡Tantos rodeos!
Si existieran caminos más cortos...
Si realmente (como rezan los tópicos)
el hombre fuese el macho fecundador
que va directo al grano
y se repliega tras la cópula.
Y no insomnia a tu lado.

Si no tuviéramos cuerpo, si la estivación
del cocodrilo no supusiera una amenaza.
Si las manos
no fueran un atajo hacia la luz.
Si fuésemos sombras. Si sólo almas. Si Platón.



De Suponiendo la cicatriz como posibilidad de la herida
(2ªedición) 
Amargord, 2010