¡HOLA!

UN BLOG SE NUTRE DE VISITAS, COMENTARIOS Y VOTACIONES. ANÍMATE Y DEJA HUELLA EN ÉSTE.
¡AH! Y COMPÁRTELO EN LAS REDES SOCIALES, SI TE GUSTA. GRACIAS

El nacimiento de Umbriel





Alegría (de José Hierro, 1947)





Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.
Era alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
( Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía. )
Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.
Y mientras se ilumina mi cabeza

ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida




----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Todos morimos dos veces. Entre la primera y la última, generalmente pasa mucho tiempo, casi toda una vida. Pero el mío es un caso singular, tuve una oportunidad adicional, una muerte “de regalo” que me ha cambiado tanto como para olvidar mi nombre anterior y encarar sin miedo mi tercera muerte.

----------------------------------------------------------------------


Por la ventanilla, mientras sobrevolaba la Costa Azul podía ver también un inquietante y bello panorama, las crestas nevadas de los Alpes; remedaban la Luna, maquilladas por la oblicua luz del sol poniente. Sus cumbres parecían realmente ingrávidas sobre una borrosa y gris “nada”, la misma “nada” que me embargaba a mí.
Mis sentidos me fallaban. Podía verme a mí mismo y a los otros pasajeros, incluso podía oír los apagados ecos de las conversaciones de algunos de ellos y el monosílabo rumor de la aeronave en vuelo, pero yo no estaba allí, sólo la suma de todas mis células. 

Aquí puede  un flash back de otra época importante.

Lo peor de esa sensación de ausencia era que no acertaba a concretar dónde estaba: “no me encuentro en el avión, pero no soy capaz de situarme en otro lugar ni en otra época”, pensaba mientras las imágenes iniciales de “Apocalypse Now” pasaban  por mi mente. Las imágenes y  la canción de The Doors, repitiendo suavemente "this is the end, my only friend, the end".

Sabía, mi cerebro sabía, que en menos de una hora, tras aterrizar, ocuparía un taxi cualquiera camino del hotel y que, allí, tras cenar algo, tendría que trabajar a fondo en el informe para el día siguiente, como de costumbre. Pero, ¿realmente sería yo o mi verdadero ser estaba muy lejos?. ¡Cómo echaba de menos la libertad de elegir los días, la libertad de no ser exactamente predecible!.

Una añoranza súbita y casi sólida me aplastó el pecho, la distancia de mi casa y de mi familia tenía la forma y el color de las cumbres de los Alpes. Me preguntaba sin palabras, cómo calentar los amores a más de mil kilómetros. La congoja iba en aumento, los dedos se me curvaban intentando aferrar las muchas horas que, a mi regreso a casa, se habrían escapado para siempre sin el contacto con los míos:
“… será un poco más alto, algo imperceptible pero lo será y un poco menos niño. Sin mi ayuda, sin mis caricias (me decía a mí mismo, recordando a mi hijo) sin mí que estoy aquí y quiero estar allí y por eso, no sé dónde estoy”.


Sobre el rumor monótono del vuelo emergían, desde dentro ecos de la voz de mi amada y desde fuera una pregunta en inglés. Sin mirar directamente a los ojos de la azafata rechacé con un ademán breve de la mano la bandeja de alimentos que, maquinalmente, ella me ofrecía. Giré la cabeza hacia la izquierda, como para esconder un gesto de llanto y, por la ventanilla, las cimas de los Alpes sonreían, pero era una sonrisa sin labios, amplia y muda, como de calavera.
------------------------------------------------------------

Aquí puede ir la cena, algún episodio secundario y el arrepentimiento por haber sentido autocompasión a pesar de ser formalmente una persona afortunada, sobre todo si se tienen en cuenta los millones de humanos que sufren infinidad de privaciones e incluso de vejaciones. Tras la cena es cuando sucede la experiencia del ascensor.

En el hotel, tras el trámite de costumbre, me dirigí a la habitación en el tercer piso. El ascensor tenía espejo, al fondo, como muchos otros ascensores, que ofrecen al ojo la metáfora de un espacio inexistente.

Mientras desciendes o te elevas, te dan esa oportunidad “extra” para el último retoque: ajustar la corbata, atusar el peinado, revisar los pendientes o la pintura de labios. El engaño del “espacio-que-no-es”, continúa con la máscara de la persona que, supuestamente, tienes que ser.

¿Y el tiempo?. ¿Existe el tiempo en un ascensor?.

Me preguntaba si la trampa del espacio que hace el espejo, podría aplicarse también al tiempo mientras subes o bajas. Esto era ya más discutible. Medité un instante y concluí al momento, como solía hacer casi con cualquier cuestión, que la respuesta dependía fundamentalmente de quién más viajase con uno hacia el cielo o el infierno y, sobre todo, dependía del movimiento. Si el ascensor se para, entonces el tiempo adquiere una presencia casi física. No sólo existe, sino que existe sólo él.

En ese momento, entre el primero y el segundo piso (aunque no lo sabía) mis ojos se cruzaron con mi propia mirada devuelta por el espejo. No había nadie más pero supe que no estaba solo.

Instintivamente desvié la mirada. La mayor parte de las veces que alguien me miraba a los ojos de forma directa, hacía lo mismo. Me había convertido en un maestro en disimularlo. Lo cierto es que no me gustaba nada la idea de que alguien pudiese adivinar mis pensamientos o deseos a través de mis ojos. Pestañeos, inspiraciones, giros imperceptibles y muchas otras triquiñuelas formaban parte de mi habilidad para esquivar las miradas directas.

Sentí un escalofrío al percibir que el otro, el del espejo, no había hecho lo mismo. Continuaba mirándome fijamente, retándome a un cruce de miradas.

Ahora sabía que el tiempo no existe en los ascensores, al menos en los que tienen espejo. Hacía ya mucho que debería haber llegado a mi destino vertical, en el tercer piso.

Más la curiosidad que el valor, me ayudó a enfrentarme, de nuevo, con mi propia imagen. El otro hombre también me miró fijamente. Ambos queríamos penetrar la mente de “ese tan parecido a mí” pero, al tiempo, inverso.

Nunca supe lo que el hombre del espejo llegó a adivinar sobre mí pero sí que pude sentir y oír su pensamiento, tan claro como el vidrio del que estaba hecho. Porque ese pensamiento eran tres palabras: ”VAS A MORIR”. Y, luego, insistía con una más: “TU VAS A MORIR”.

De unos ojos a los otros, esas palabras viajaban casi sonoras y parecían dejar un eco sordo que decía: ”PERO YO NO”.

Fijé aún más mis ojos sobre la mirada del espejo, como para demostrar que era capaz de enfrentarme a la muerte con gallardía y sin un pestañeo. 
De pronto pensé que aquello era una tontería. ¿A quién iba a demostrar nada? En un instante, el ascensor alcanzaría su destino, las puertas automáticas se abrirían y el hombre del espejo desaparecería. Sin duda.

Sin embargo, las formas claras de los huesos de mi calavera se dejaron ver alrededor de los ojos de mi imagen. No es que la carne y la piel desaparecieran; su presencia y su color persistían pero, al mismo tiempo, los contornos de su sostén interior se hicieron patentes. Recorrí con la mirada otras partes de la cabeza, mientras me repetía: “¿VOY A MORIR?. ¿YO VOY A MORIR?”. Podía percibir las formas de los huesos de las mandíbulas bajo la piel y la carne que, hasta un momento antes, había creído mías.

A medio camino entre el primero y el segundo, como espantando un molesto insecto, rechacé las palabras vistas: ”¡Pero si aún me queda media vida!" y volví a sostener la mirada con el otro. Lo hice de forma desafiante, para dejarle claro cuan equivocada era su profecía. Seguiría yo viviendo muchos años, muchos. Tantos, al menos, como había vivido. 
Entonces caí en la cuenta: si el tiempo no existe en un ascensor, los ojos del otro no mentían. Lo importante no era “cuándo”, lo importante era que iba a morir, que yo iba a morir.

Mi mente, racionalista y agnóstica, comprendió en un fogonazo los diez siglos de Edad Media: todas mis preocupaciones, mis alegrías, mis amores y  odios, no importaban nada porque el “único hecho” se llamaba “voy a morir”.

En ese instante, mi muerte era tan cierta que me pareció que ya había sucedido y ese “único hecho” resultaba tan hiriente, tan turbador que ninguna lengua humana podía expresarlo. La sabiduría pétrea de las Pirámides egipcias era un mero balbuceo que, por miles de años, ha mostrado cómo los hombres a los hombres somos iguales en el rechazo, cargado de miedo y soberbia, de nuestra propia aniquilación.

Una leve sacudida y las puertas abiertas en el tercer piso me devolvieron a la “vida real”, esa que, cada minuto, nos convence de que nunca acabará. Antes de dar el siguiente paso, dudé. Fue sólo un instante, pero no tuve el valor de volverme y asegurarme de que el otro se alejaba también dándome la espalda, adentrándose en su propia “vida real”, esa que nosotros sólo vemos cuando nos ponemos frente a un espejo.

En contra de lo que yo habría querido, la experiencia, un tanto sobrecogedora, del ascensor me forzó a meditar. No era esa precisamente una de mis ocupaciones habituales  puesto que era “un hombre de nuestro tiempo”, un hombre de acción capaz de juzgar, sobre la marcha, qué opción escoger entre las que se me presentasen e, incluso, desecharlas todas y crear otra diferente para, a continuación, poner en marcha los resortes necesarios. Lo hacía a diario, lo hacía bien y estaba orgulloso de ello porque creía que esa era mi contribución al progreso de mi sociedad y de la humanidad entera. “Menos meditación y más decisión”, ese podría ser mi lema.
De modo que me encontraba bastante fuera de lugar dándole vueltas al hecho de la muerte y del rechazo perenne de ese hecho en todas las mentes humanas y de las posibles consecuencias de todo ello. Extraño estaba, sí, pero es que no ocurre cada día que alguien idéntico a ti te recuerda, casi por telepatía, que vas a morir.

La soledad y el anonimato de la habitación del hotel (a la que sólo un número de tres cifras en su puerta, la hacía diferente de su imagen especular, la habitación contigua) me empujaron también a reflexionar, una vez caí descuidadamente sobre la cama.



De madrugada ya, un poco de luz se fue haciendo entre los rescoldos de una encendida turbulencia interior, como cuando se abre el primer claro entre las nubes de tormenta que ya se alejan. Estaba venciéndome el sueño, pero no del todo y entonces sentí claramente como una perpetua pereza travestida de esperanza, me había estado atenazando como si siempre hubiese una segunda oportunidad, una nueva vida por estrenar, ¡así era hasta hoy!. 
Un juego de tiempo y siluetas había estallado y  comprendí que hacía más de veinte años que esperaba tener veinte años libres, libres de excusas y con la experiencia intacta.
Vivir es no estar muerto y los muertos son muy fáciles de reconocer, se puede saber exactamente lo que van a hacer el minuto siguiente y todos los minutos que vengan, es decir nada. Estar muerto es, pues, la cualidad de ser absoluta y exactamente predecible. Hay, así, muchos más muertos que los que ya no respiran.
Y yo, ¿estaré muerto?… lo que no hice, no aprendí, no sufrí, no amé, no gocé… lo que no viví ¿se sabía ya de antemano? ¿y se puede saber ya lo que no haré?.
Por otra parte está lo que sí hice, lo que sí viví (experimenté, aprendí, gocé o sufrí) y lo que aún vivo ¿podría haber sido fácilmente previsto? ¿exactamente previsto?.


Cualquier persona habría sentido una punzada de frío, en mi lugar, justo al otro lado de la ventana y, también, vértigo. Sin protección y con sólo unos centímetros de cornisa bajo los pies a muchos metros por encima de la calle.
Pero cuando se ha sufrido todo el frío y todo el vértigo y cuando ya no hay miedo porque nada importa, el invierno ya no tiene presencia ni tampoco las distancias por muy verticales que sean.
Pensé que no era capaz de recordar cuánto tiempo llevaba en esa situación y ese pensamiento trajo a mi mente un borroso recuerdo sobre una vivencia ocurrida dentro de un ascensor… ¿o había sido un sueño?.

Aunque Newton nunca hubiese existido, lo que iba a suceder a continuación estaba muy claro: daría mi último paso al frente y en pocos segundos (me sorprendí a mí mismo intentando calcularlos) la Tierra entera se precipitaría a mi encuentro para terminar con el frío, para eliminar el vértigo y engullir todo el miedo.
Era muy irónico aquello, pensé que quizá no fuese el último sino el único paso que verdaderamente daría al frente en toda mi vida.
No había agitación; en mi interior las emociones, aunque profundas, danzaban armoniosamente como las olas de aquella serena mañana, ya antigua, en la costa de Almería que más que agitar, adornaban el mar con breves sonrisas justo antes de morir.
No había tampoco dudas pero, en una décima de segundo, la piel me avisó del frío y mis ojos temieron la altura, vieron la distancia pero nada más. Descubrí que, al menos en mi caso, toda esa leyenda del paso acelerado de imágenes de la vida ante tus ojos en los instantes anteriores a la muerte no se cumplía: casi la única estampa que podía recordar eran las breves olas de aquella serena mañana con el mar y el cielo conjugando el azul para mi amada. Su rostro y sus cabellos serán la imagen última y primera. ¡Su voz!.
Mis sentidos, simplemente, informaban al cerebro; la distancia hasta el suelo acortándose, el veloz aire robándome calor a través de la piel, las vísceras comprimiéndose en mi interior y las voces y los gritos cada vez más fuertes desde abajo. Su voz, su rostro, su cabello.
He debido estar mucho rato en la cornisa porque se ha congregado mucha gente para ver mi salto”. Este fue mi último pensamiento antes del golpe seco y sonoro contra el pavimento. Su voz.




R.