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Sueño de una noche de verano


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Para regocijo de poetas bohemios, adictos a la ironía, hay relojes en los bares abiertos a deshoras. Uno de ellos, que te imitaba al caminar, señaló al Sur; tiempo de regreso. Luego supe que también sabía imitar el canto de los gallos. Dejarlo todo, flotando sobre la barra. Correr al Registro, con dos pólizas y una etiqueta de vodka cuidadosamente despegada, a dejar constancia oficial de nuestro amor. El funcionario era mujer. Ni siquiera me miró. Por lo demás, parecía gente de bien; con sus pecados pulcramente doblados entre su ropa. 
Mientras hacía un solo azulón de batería con los tampones, yo te imaginaba regando los tiestos, bien afinados, en tu balcón. Les volvías a regañar, ondulada de horizontes, tu perfil de enfado. ¡Esa odiosa costumbre de arrojarse en flores sobre transeúntes calvos! Pero no podías esconder la sonrisa. Ni yo. 
Cómplice, el siguiente enamorado de la fila arqueó las cejas. El funcionario de rojas uñas en dedos azules se lo perdió. Le hubiera dicho, pero... nada se posee más de un segundo. Salí contando los pasos, las baldosas, al tacto para no perderme el cielo. 
Desde que te amo todos los relojes de los bares marcan al sur (o al sureste, si me atraso)  Todas las colchas tienen tu nombre bordado. Todas las calles confluyen en tu casa. Sólo una dejé sembrada de trocitos de papel. Migas de pan oficial con sello y fecha. Ni siquiera tuve que descuidar la atención sobre las palabras que aguardaban verte. Yo sabía que hablaban de vientos, fuertes, de esos que limpian las alfombras de los santos. Callé, sin embargo. Habla tú primero, recogeré tus sílabas en un cuenco hecho con mis manos, para beberlas luego. Cuando no estés y los besos estén a salvo.
Desde que me amas, ese único tiempo, nunca te has fijado en mis manchas. Las cosas feas no son propias de ti, no te interesan. Sabes decir en voz baja, como la brisa de aquellas noches intensas. 
Los vecinos desesperan pues nada poseen de ti que no hayas querido darles. De mí, en cambio, saben que llego a deshoras dando los pasos con los que se hacen las puertas. No sospechan del reloj que desploma su tic tac por acantilados de poeta.
Paraste el relato sobre el último suicidio floral. No sé qué me decías de una mancha roja en mis pupilas. Tu boca se puso entre paréntesis. Igual que tantos otros momentos yo te miré como a aquellas primeras hojas de los cuadernos. Lo que ya sabíamos que nos iba a asombrar. De eso estás hecha algunas veces. Como los perfumes que nos gustan.
Tu boca seguía allí, ortográfica. La mía entre dos llamas. Los glóbulos haciendo inútiles las palabras. Me vino a la garganta y se hizo aire tóxico un párrafo sobre la laca de uñas de las funcionarias. Reímos sobre mi aversión a las ventanillas y a los cojines de tinta. Por la acera los pasos abrigados de un transeúnte ponían puntos suspensivos. No hubo flores para él. Triste consecuencia de llevar sombrero.

De regreso a mi casa maldije la vieja infección de estrellas en mis ojos y luego me arrepentí.  Son ellas las que te enamoraron entonces, cuando te miraba.  El círculo vicioso de mis huellas. La cólera que no sabe acallar remordimientos. Me llevo las manos, a pares, a mi cara para olfatear tu aroma. Hueles a luz. Borras con tu nombre las tinieblas. Pero eso es en los momentos de tu casa, de tu alcoba, de los anaqueles de tu cocina. Ahora que nadie repara en mí a pesar de mis tropiezos, que nadie puede distinguir mi silueta en las riberas del asfalto, ahora sólo hay vientos cruzados. Sin aroma. Si me apuras, sin veleta. Los escalones hoy son repetidas metáforas de la vida. Subir para volver a subir, hasta el descansillo que es sólo un giro. A vueltas con la Geometría, con la constelación de tus lunares; a vueltas con el disco numerado de un teléfono que ya no tengo. Para qué llamar si no me queda voz.
Mi puerta como un desafío, como un capote congelado en el instante de rozar las astas, mi puerta que sólo yo puedo descifrar. Dentro es otro universo. Desorden y cuadernos. Desde que nos amamos, estas paredes te están echando de menos. Tan cansadas están de mis ecuaciones con números romanos. De versos tiernos que no tienen musa, informes de nuestros encuentros. Darían todos sus cuadros por certificar que existes. Sin saberlo, envidian la pulcra sinfonía de tus tiestos, el cantar de tus flores cuando se suicidan. Pero aquí no hay nada de ti fuera de mi piel. Sólo el sonido tuyo, un eco, cuando pronuncio tu nombre. Cuando imito en sueños el tintineo de tu pulsera. Cuentas de colores que son notas. Como tu risa plena. Amuleto invulnerable contra los maleficios.

Da comienzo un nuevo acto; el público imaginario, a estas alturas, sabe ya que no hay director. Sospechas crecientes de que el autor frecuenta demasiado los bares. Coinciden en eso con el recuento de proteínas del informe médico y con un reporte policial, ya archivado. Tú nunca los leíste. Ni mis notas del colegio. Ventajas de empezar de cero un amor teniendo ya tanto olvidado. A destiempo.
Buscando el desenlace, abro un cuaderno desde atrás. Reparo un instante en lo hinchadas que tengo las muñecas y eso me trae recuerdos de verbenas. Excusas para no escribir. El círculo vicioso de mis pasos, repetido. Tengo los cajones repletos de bucles y muchas páginas en blanco, salvo borrones. Quizá sea eso lo que llaman memoria. 
"Desde que nos amamos", escribí. Y quedé dormido sobre una blanda compasión por los que duermen en abrazos vacíos. Admirado de tus prodigios. Cae sobre mí ceniza antigua de antiguos bares. Vasos a medias, frases a medias como billetes rotos. Besos a medias desparramados sobre la barra. Besos de los que no sanan. Sin embargo, nada puede herirme. Salvo yo mismo. Tu amor, sin tú quererlo, es almenado. Entre el mundo y yo inexpugnables muros. El viento que limpia obedece a tu desnudo; poderosa eres y simultánea. Pero todos somos troyanos frente a los sueños. Dormir es propio de la Naturaleza, a dormir no se aprende. Soñar lo debieron inventar los griegos. 
Me despierto en un bar, creo reconocerlo. Escrito sobre mi mesa un poema. No puedo dudar de mi letra en la página final del cuaderno. Pero la tinta no parece mía, es de un grupo poco común, no es A+, tampoco es cero. 

La mujer que no se ve en los espejos
me arrastraba a pisar sobre sus huellas,
que prometían el cielo en sus pechos,
falsos besos que no aman, mas dejan
la marca palpitante del deseo.

Dulces ecos de ciudad extranjera,
su boca era el faro de mis ojos.
Mi mano bajando por sus caderas
-breve relato su vestido rojo-

y luego el adiós con sabor a pena.

Acaba de sonar, en punto en el reloj de roja cresta, la hora del Sur. Salgo corriendo sin pagar. Pero nada les debo, salvo una etiqueta de vodka. Me da tiempo a ver tu modo de andar en el reloj, detrás del camarero. Y la manera que tienes de apartarte el pelo. Una chica de escueto vestido rojo, dice mi nombre con acento, sin yo saberlo. Una pintada en la pared informa del horario del Registro. Me da tiempo  antes de pasar a verte.

                                                             R.