Olas y acantilado
vendavales e incendios
son dibujos de las manos,
sombras de juegos chinescos.
En verso y axioma enmarcamos
el azar que no entendemos
que escrito está, encriptado
en las yemas de los dedos.
De lo muerto a lo cierto no hay trecho,
de dudas palpita la vida,
de idas y venidas son sus venas
que mil lunas no concretan,
germinan ciento por una,
como espigas
bajo el caótico calor
de un corazón de sol y horóscopos,
ese calor que todo lo agita,
que nunca retorna,
que aguarda.
Se bifurca a cada paso
el camino de lo vivo,
nada puede latir
sin plasmar un laberinto;
sabemos,
sabemos sin decirlo,
ser guardianes de lo incierto.
Llevamos escrito en los ojos
que predecible
es el singular de muertos.
R.

El poema presenta una exploración lírica de la naturaleza y la vida, con un estilo poético profundo y reflexivo. A través de las imágenes evocadoras de "olas", "acantilados", "vendavales" e "incendios", el autor invoca la idea de la naturaleza como una fuerza poderosa e impredecible. El uso de la rima y el ritmo del poema crean una sensación de musicalidad que se une a las imágenes poéticas para crear un efecto lírico.
ResponderEliminarEl poema también explora temas existenciales y filosóficos, como la idea del "azar que no entendemos" y la naturaleza incierta de la vida. El poema sugiere que la vida es un camino bifurcado que requiere de los seres humanos que seamos guardianes de lo incierto.
Es un poema que invita a la reflexión sobre la naturaleza, la vida y la muerte, a través de imágenes evocadoras y un estilo poético cuidadosamente elaborado.
El texto se presenta en dos piezas —un breve intro y el poema— que, leídas en continuidad, componen una sola arquitectura: un umbral poético (la declaración de principios) y su desarrollo lírico (la demostración existencial). La unidad no es sólo temática; es también de tono y de método: ambos fragmentos avanzan desde lo sensible hacia lo conceptual, desde la imagen hacia la sentencia, para instalar una idea central: la vida es indeterminación, y la certeza —cuando se vuelve absoluta— se parece demasiado a la muerte.
ResponderEliminarEl intro abre con cuatro elementos de fuerza primaria: “Olas y acantilado / vendavales e incendios”. La naturaleza aparece primero como espectáculo de lo inmenso, pero el poema se apresura a corregir la mirada: esos fenómenos son “dibujos de las manos”, “sombras de juegos chinescos”. El mundo se desnaturaliza y se vuelve representación: no contemplamos la realidad como cosa fija, sino como proyección cambiante, como teatro de siluetas donde lo que creemos sólido se nos revela móvil, interpretado, incluso construido. La imagen de las “sombras” es decisiva porque introduce una distancia: entre lo real y lo que vemos hay mediación, hay forma, hay gesto.
En ese marco cobra sentido el verso axial: “En verso y axioma enmarcamos / el azar que no entendemos”. La elección de términos no es casual. “Verso” alude a lo rítmico y figurativo; “axioma”, a lo enunciativo y pretendidamente firme. Al colocarlos juntos, el texto formula una poética de doble registro: tanto la imaginación como la razón son marcos; ninguno captura el núcleo del azar. La vida —parece decirse— no se entrega como evidencia, sino como problema: puede ser cantada o postulada, pero nunca plenamente dominada.
El cierre del intro condensa el gran desplazamiento del poema: “escrito está, encriptado / en las yemas de los dedos”. Aquí se subvierte la tradición del destino “escrito” en los astros o en un libro externo: la escritura se muda al cuerpo. Y no a cualquier parte: a la yema, lugar del tacto y de la huella. En esa elección late un símbolo extremadamente fértil. Las yemas contienen las huellas dactilares, emblema cultural de la singularidad: todos poseemos marcas semejantes (somos humanos) y, sin embargo, ninguna coincide exactamente con otra (cada vida es propia). Además, la huella es un código visible pero no legible de inmediato: está ahí, pero es “encriptada”. No transmite un mensaje transparente; exige interpretación, contexto, recorrido. Y todavía más: las yemas no sólo “tienen” huella; también la dejan. El destino no sería sólo una firma previa, sino el rastro que vamos imprimiendo al tocar el mundo. Se insinúa así una ética: no somos meros lectores pasivos de un designio exterior; somos también autores materiales de un camino que se marca mientras se recorre.
ResponderEliminarEl poema propiamente dicho arranca con un aforismo oscuro, de filo existencial: “De lo muerto a lo cierto no hay trecho”. La frase produce un efecto de inversión: lo “cierto” ya no es un bien, sino una forma de clausura. Certeza y muerte se rozan, como si aquello que queda completamente fijado —sin posibilidad de variación— perteneciera a lo inerte. Frente a esa tentación de cierre, el poema define la vida como latido de incertidumbre: “de dudas palpita la vida”. La duda no es carencia, sino condición orgánica; no es fallo del conocimiento, sino respiración de lo vivo.
De ahí que la sangre se vuelva imagen de oscilación: “de idas y venidas son sus venas”. Las venas, canales de circulación, expresan un ir y venir que no se resuelve en una sola dirección. El poema descree del relato lineal y adopta una lógica de proliferación: “mil lunas no concretan, / germinan ciento por una, / como espigas”. La luna, símbolo de ciclo y repetición, no “concreta”; no produce conclusión. En cambio, la vida germina, multiplica, se ramifica. Es significativo que la metáfora agrícola (espigas) aparezca bajo un “calor” que no es simplemente meteorológico, sino cósmico y afectivo: “bajo el caótico calor / de un corazón de sol y horóscopos”. La potencia de este sintagma está en su mezcla de regímenes: “sol” como energía central, impulso y combustión; “horóscopos” como deseo humano de lectura y predicción. El corazón es a la vez motor y oráculo: late (vida) e interpreta (sentido). Ese “calor que todo lo agita” intensifica la idea de movimiento perpetuo; y cuando el texto añade “que nunca retorna, / que aguarda”, introduce una tensión temporal sutil: la vida es flecha irreversible y, a la vez, espera abierta. No hay retorno, pero sí expectativa; no hay repetición idéntica, pero sí porvenir.
La segunda parte del poema convierte esa intuición en estructura: “Se bifurca a cada paso / el camino de lo vivo”. La vida no sólo contiene incertidumbre: está hecha de bifurcaciones. El verso convoca, inevitablemente, la tradición del laberinto y de los senderos que se dividen (un aire borgiano), aunque aquí el laberinto no es un artefacto intelectual sino un producto del cuerpo: “nada puede latir / sin plasmar un laberinto”. El latido —lo más básico y orgánico— engendra complejidad. Vivir no es transitar un mapa ya trazado, sino producir el mapa mientras se avanza.
En este punto, la voz poética introduce un saber tácito: “sabemos, / sabemos sin decirlo”. Se trata de un conocimiento que no se formula en proposiciones, quizá porque su formulación lo empobrecería. Y de esa conciencia surge una figura ética: “ser guardianes de lo incierto”. El poema no celebra la incertidumbre como simple relativismo; la custodia. “Guardar” lo incierto significa resistir la pulsión de cerrar, de convertir la vida en dogma, de matar el movimiento con la sentencia. La incertidumbre no es un vacío: es el espacio donde lo vivo respira.
El remate final alcanza una precisión especialmente lograda: “Llevamos escrito en los ojos / que predecible / es el singular de muertos.” Aquí el poema culmina su juego entre existencia y lenguaje. “Singular” no es sólo una forma de contar: es una categoría gramatical. Y al decir que lo predecible es el singular de “muertos” (sin artículo), el verso apunta a la palabra misma, al concepto fijado, a la forma única y estable que ya no se mueve. Lo vivo, en cambio, es variación, pluralidad, desvío: no se deja reducir a una única forma sin perder su latido. La mirada (“en los ojos”) no es sólo visión del mundo; es lectura de una ley íntima: lo que se vuelve completamente predecible ha dejado de vivir.
ResponderEliminarLeído así, el conjunto se cierra con una coherencia notable. El intro afirmaba que el azar está “encriptado” en las yemas: singular, corporal, legible pero no descifrable de inmediato. El poema desarrolla las consecuencias de esa premisa: si la vida está escrita como código y como huella —no como decreto— entonces la certeza total es sospechosa, y la existencia se reconoce en el temblor de sus bifurcaciones. “Corazón de sol y horóscopos” nombra, en un solo golpe, el drama humano: vivir empujados por una energía que nos excede y, al mismo tiempo, empeñados en interpretar, predecir, cerrar. Frente a esa ansiedad por el pronóstico, el poema propone una ética más honda: aceptar el laberinto, custodiar lo incierto, comprender que sólo lo muerto —y la palabra ya congelada— se deja decir del todo.
El resultado es una pieza de pensamiento lírico: una poesía que no renuncia a la imagen ni al ritmo, pero que sabe que la metáfora no adorna, sino que conoce; y que la sentencia no clausura, sino que abre una pregunta. En esa tensión entre lo orgánico y lo cósmico, entre huella y horóscopo, entre latido y laberinto, el poema encuentra su temperatura: un calor caótico que agita, que no retorna, y que —precisamente por eso— aguarda.