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miércoles, 22 de junio de 2011

La Playa del Tesoro (Carta para Andrés)



Querido Andrés, querido hijo:
Acabas de contemplar desde el mirador, nuestra playa. Nuestra playa, nombrada con nombre triste por los demás que nunca supieron ver lo que tu y yo juntos descubrimos: un inmenso tesoro. La Playa del Tesoro.
En ella, un mar transparente como tu niñez, además de jugar incansablemente contigo, arranca brillos multicolores cada vez que besa la orilla. Y allí se quedan, para nosotros, para atrapar nuestros ojos y nuestras manos en lazos de avaricia y curiosidad, más, más y más colores, dibujos, texturas, formas. Nunca tendremos bastante y ella siempre nos ofrece más.
       Por tus ojos puedo yo también contemplarla ahora y preguntarme, quizá contigo, qué hace una recta tan perfecta en ese paisaje cuajado de barrocos perfiles. Como si en un descuido, las fuerzas de la creación nos dejasen ver que no son ciegas, sino que responden a una inteligencia superior.
       Estarás, seguro, contando (¡no!, mejor dicho, cantando) a tu abuelo y tu amigo tus aventuras con las olas allá abajo (“¡ a que sí, mamá!”)…
       Puedo imaginar que si tu fuerte y clara voz llega hasta el mar, su cristalina curvatura se empañará levemente y te estará echando de menos.
       Quizá un día, dentro de muchos años puedas volver, quién sabe con quién, quién sabe si a solas, a ese lugar y al contemplar el mismo panorama (¡ojalá!) tengas un recuerdo alegre de los lejanos días de tu infancia en que tu padre y tú descubristeis el verdadero nombre de esa playa, nuestra Playa del Tesoro.
Puede que vuelvas a descender por el barranco para caminar por esa alfombra de gemas y, al oír el eco especial de tus propios pasos y ese timbre tan particular que allí tiene la perpetua y bisílaba letanía de las olas, te alcance el dulce puñal de la añoranza. Una gota de mar resbalará hasta tu media sonrisa cuando recuerdes cómo, en el otro océano lento y curvo de los ojos de tu madre, aprendimos ambos el significado verdadero de la palabra ‘amar’. Seguro que en ese momento estarás lanzando, sin querer casi, piedras al mar.        R.