Ya no soy,
no puedo ser,
no sé,
no quiero,
si tú no me recuerdas.
Lo que aún tengo de ti
es el timbre de tu voz
con ecos del sordo vaivén agudo
de la cuna.
Es el timbre de tu voz,
con mi nombre como un grito,
cuando de la tuya solté mi mano,
esa cuyo tibio calor ahora alabas
sin nombrarme.
Tu voz,
que me hace niño,
que construye en el aire barquitos
de juncos
y cuentos muy viejos,
tu voz de colorín, colorado…
Te preguntaba yo mucho entonces,
mirando hacia arriba,
si era peor ser sordo o ciego;
¡qué amarga la respuesta
que me ha dado el tiempo!
Te escucho para tenerte,
te oigo para estar vivo.
¿Qué ves, madre, cuando me miras?
¿Quién eres cuando te miro?
Ya no soy,
no puedo ser,
no sé,
no quiero,
si tú no me nombras.
En este huracán de sentimientos
que ahora me aturde,
vuelan astillados recuerdos,
partidos por en medio
porque sólo mi lado queda.
Me hieren violentos,
arrancan trozos de mi carne
que es tuya,
que fue contigo una…
aunque tú no lo recuerdes.
¡Ay, este dolor
que duele sin latidos!
Saber que no me sientes,
sentir que ya no sabes.
Quisiera volver a tu interior
para decirte desde dentro
que soy yo,
que soy yo…
darte mi sangre toda,
despertar de nuevo tu conciencia
de bella mujer andaluza,
llenar de cimientos tu mirada
y devolverte al fin el regalo
que me hiciste aquel día,
aquella bendita hora
cuando más calor hacía.

