devoro tigres de papel
hasta que amanezca,
sin arenas de relojes de falsa simetría
sin veletas muertas de viento
y de altiva soledad, de frío.
Con la brújula enloquecida
en el magnético campo de la belleza,
ajeno a caminos u horizontes,
esta parálisis me vive
y yo la vivo en puro éxtasis.
No sé, pero lo sé.
Son míos los verbos y los acentos
mas también la posibilidad del silencio,
guardar silencio
gastar silencio, a raudales,
hasta que amanezca.
¡Hasta que amanezca!
¡Hasta que amanezca!
y ahuyente el torbellino
un cielo rosa,
de sangre aguada
un cielo rosa,
de sangre aguada
que señalará, más allá de toda duda,
dónde está el Oriente;
para que vuelva el viento
a seguir la indicación de la veleta
para que vuelvan las arenas
a ceder al tiempo
y vuelva mi voz
como vuelve el eco.
como vuelve el eco.
R.


