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lunes, 4 de julio de 2011

Esquerzo





Un rayo sólido
rompe y derrama la fuerza.
¡Que se muere!
¡Que se está muriendo!
El mariposeo rojo y amarillo
busca doblar las columnas
con armónico estribillo.
La muerte se hace redonda,
perfecta, tan patente que pesa.
Siento una amargura honda
porque aquí nada es mentira
salvo que no estoy presente
cuando el tiempo expira.
¡Que se muere!
¡Que se está muriendo!
El tendido está vacío.
Un estoque de plomo me mata
mientras que me río.
Todo pasa y no estoy dentro.
Escribo de atardeceres ensangrentados
por el viento del Sur y encuentro
en mi cuaderno muchos ocasos
aprendidos ante el televisor
en largos días solitarios y laxos.
¡Que se muere!
¡Que se está muriendo!
¡Ay de mí! pobre poeta urbano
que hablo del reflejo de un eco
de un rugido azul, lejano.
¡Que se muere!
¡Que se está muriendo!
(Para ser del todo sincero digo
que nunca he estado en un ruedo,
es más, ni siquiera en un tendido).
                                                       R.

domingo, 3 de julio de 2011

Lluvia y desamor en Madrid


Corriendo cruzo la calle,
solo entre tanta gente
(remedo de un mar infame
asfalto negro y  prohibido).

Lágrimas d'escaparates
algunas audaces gotas
se disfrazan de diamantes:
presas del vidrio ahora,
en libre caída, antes.

El llanto de tantas lunas
al de mis ojos atrae
y al de preñadas aceras
que de mis huellas son madres,
mas otros pasos vacíos
matan los míos, cobardes
y yo los vuelvo a sembrar
más fecundos, más errantes,
borrachos de desamor
palpitan, pero sin sangre.

Los que no nos hemos dado,
¡esos racimos de besos!
cuelgan muertos de las manos
de los secos maniquíes
tras los cristales mojados
(imitación de la vida
sus rostros con ojos falsos).

Cuervos se posan a cientos
sobre mis labios cerrados
que más aprietan tu nombre
cuanto más quiero olvidarlo,
no lo sueltan y revientan…
¡Y más gente… y más pasos!
Fuera de mí sólo quedan
negro charol del asfalto
y, en los vidrios, lentas lágrimas.

Las borro con mis manos
preso de ira y tristeza;
una y otra son los clavos
que tu mudo adiós fijan
a mi adiós casi callado.
Y brillan como diamantes
lágrimas que no escaparon.
                                       R.

Luz sonora (de Pedro Ferreira)


No escapes, amiga, no escapes
del verso, no te fundas en su sombra,
que el brocal de la fuente nos espera,
queda y muda en su canto,
ahora,
mientras tú y yo llegamos,
como luz, como verbo, como llama,
estampa de otro tiempo, de otra era,
poema que derrita
los sueños en sus aguas congelados.
Deja que rece en ti,
en ti ponga palabras que son ondas,
ondas de versos, hondas en amor;
deja como un rizo goloso
sobre el rostro resbalar tus estrellas
en mi cielo;
                    consiente
dibujar a mis dedos en tu espalda
la luna o los caballos o los trenes.
No escapes, amada, no escapes
del verso y fúndete en su luz sonora,
que cante como ayer la muda fuente.
 (P.F., Aguadulce, enero de 2010)

La última voltereta (Por Fernando Mañueco)

Se le cuajó piel de escaras. Se le llenó al alma de fantasmas. Se le anegaron los ojos de lágrimas. Sintió un leve mareo, como si se hubiera desprendido una pieza importante en el delicado engranaje de su vida. Se quebró un eslabón de la cadena. Se rompió la piedra clave que sujeta todo el arco.

Ve su amasijo de piel y huesos desde arriba. Apenas se deja entrever algún músculo. Se ve a sí mismo observando la escena. No siente miedo, ni vértigo. Recuerda el Juan Salvador Gaviota, que tanto le gustaba. Qué difícil debe ser explicar la sensación del vuelo, se dijo. Y se decidió a probar. Al principio se contentó con un giro a izquierdas para volver a su posición inicial. Después un rápido ascenso para experimentar la vista de pájaro. Se imagina como un boomerang, buscando de nuevo la mano amiga que le ha lanzado. Luego se anima con volteretas, tirabuzones, piruetas carpadas.... Comprueba que la ingravidez da para jugar mucho. Disfruta. Al final siente miedo cuando quiere volver al cuerpo pero no puede, se ve arrastrado hacia arriba por una fuerza poderosa. Da una última voltereta y cierra los ojos.
                                                                                                                                                        (F.M.)

Noche de guardia con la luna (1979)

¡Hola, Luna!
 llena de luz y vacía de amores.
(La radio tecletea las noticias)
¡Cuánto pesa este fusil!
y las equis primas
y las primas de las zetas
cuando quiero, no puedo
y cuando puedo... no quiero.
LLena de luz, vacía de amores
tan blanca y redondita,
contigo he tenido noches mejores.
Añoro aquellos días
cuando casi ni podía
tirar de la cadena.
Soñaba con crecer
para poderlo hacer.
Hoy parece una condena,
crecer, ¡qué tontería!
Quiero y no puedo
y cuando puedo, no quiero.
¡Oye, Luna, no te escondas!
que aún tengo que hablarte,
bribona redonda.
(La radio vocea las canciones)
¡Estos mosquitos son la monda!
¿Por qué no me ayudas a comprender,
tú que eres blanca y mujer?.
Pero es tu blancura cachonda
gran piscina de yogourt
y con eso inundas  tú
todo este campo y la pista
que ni serpea
ni débilmente blanquea
ni se enturbia
y, desde luego, no desaparece.
¿Y te tomaron por diosa
tan tonta y tan rechoncha?
Hoy, llena de luz,
tu nitidez se troncha
entre mis pestañas,
y, si existe Dios pues bien,
que se quede en las montañas.
Limpiemos los reconres,
sucias telas de araña,
y basta ya de charla
que han dado las once
en la radio y me voy
al cuerpo de guradia.
                                           R.
(La Luna es tan vieja porque sólo
                                                   parpadea una vez cada veintiocho días)

Un suspiro tras colgar

Necesito reforzar tu presencia
con mi piel.
¡Es tan débil tu aroma
a través del teléfono!
Tengo que apuntalar mis labios
con tus besos.
¡Sabor de ausencia deja en mi saliva
tu voz eléctrica!
Necesito volverte a ver
y dejarte caer
una lluvia de caricias que se enreden,
leves, en el oro de tu pelo
y contemplar , luego,
en tus ojos lentos,
de lejanas tierras, amaneceres.
                                                    R.