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F. Mañueco (micro.relatos)

1. Levantar el vuelo

Se despertó sobresaltado. Tenía la impresión de que llevaba durmiendo mucho tiempo, pero no supo determinar cuánto, ni siquiera de manera aproximada. Comprobó que todo funcionaba razonablemente bien, aunque toda la intrincada tela de araña de sinapsis y conexiones neuronales se movía con mayor lentitud de la habitual. Lo achacó a la pereza que sentía.
El resto del organismo seguía inmóvil. Pero no se preocupó demasiado, ya que el corazón latía tranquilo y la respiración mantenía su cadencia habitual. Sístole, diástole. Inspirar, expirar. No sentía dolor.
Decidió aprovechar el tiempo. Se arremangó y se dispuso a hacer una limpieza a fondo.
Había polvo en los rincones, pero prefirió comenzar por deshacerse de algunos trastos inútiles. En una gran bolsa negra colocó, por este orden, dos o tres sentimientos de culpa que nunca había usado y un par de amores resecos de los que apenas recordaba nada. También decidió tirar media docena de miradas intensas, el brillo de aquellos ojos negros que siempre le gustaron y una gran colección de lágrimas ya pasadas de moda.
En un desvencijado cajón encontró tres o cuatro momentos de angustia, algunos escalofríos y el viejo calor intenso que le acompañaba de joven cuando alguna dama le rompía el corazón, lo que sucedió en más ocasiones de lo que le hubiera gustado.
Barrió con esmero la parte del suelo que estaba cubierto por algunas escamas de desánimo. Reposaban desde hacía varios años bajo una tenue película de angustia, desazón, nerviosismo y desesperación. Todo fue a parar al fondo frío y oscuro de la bolsa plástica.
En la estantería, junto con numerosos recuerdos familiares, -que decidió conservar aunque ya no les hiciera mucho caso-, encontró una antigua pasión. Aquella pasión que pensó que duraría toda una eternidad y que se quemó, por combustión espontánea, en poco más de seis meses.
Colocó ordenadamente su colección de sensaciones agradables. El sabor pastoso de la miel, el olor intenso del café recién molido. El aroma de la lavanda, el espliego y el romero. La plata líquida que recorre la noche cuando hay la luna llena . El sabor del pan caliente, el regusto agridulce de la piña fría.
Sin prestar atención se deshizo de dos docenas de caricias completamente nuevas y de algunos besos envueltos en un quebradizo envoltorio de tul y gasa que se le antojó ridículo. La pequeña cajita de metal repleta de odios y resquemores también fue a parar al vertedero. Sin abrirla siquiera para comprobar su contenido. De sobra lo conocía.
Se sintió bien después de desechar buena parte de los sentimientos que le habían presionado el alma durante ocho lustros. No quería ya más miradas torvas, ni más palabras agrias. Necesitaba aligerar lastre. El dolor y el rencor pesan demasiado. Impiden levantar el vuelo.
Oyó perfectamente la voz del médico cuando dijo “no se esfuerce, señora, no le oye, ya ni siente ni padece”. Sonrió y se dispuso a detener la maquinaria. Su tiempo se había cumplido.

2. Un aroma dulzón

Con sumo cuidado, casi con mimo, colocó dos cucharadas soperas de polvo de angustia en el viejo incensario. Añadió un cucharadita, de las de moka, de tristeza químicamente pura. Sobre ellas hizo descansar una lágrima de cristal de la antigua lámpara familiar. Acercó el gastado Zippo en el que ya apenas podían distinguirse sus iniciales. Le gustó el olor a gasolina. Las volutas de un humo gris marengo llegaron lentamente hasta el techo.
Le vino a la mente, con violencia, la evocadora palabra “maresía”, que utilizan los portugueses para expresar a un tiempo el olor a mar, el sonido del mar, la brisa del mar, la luz del mar. No entendía porqué, de cuando en cuando, le golpeaban el cerebro palabras sueltas, onomatopeyas, sonidos cacofónicos, imágenes difusas.
Pero así era y había aprendido a convivir con esos espasmos de sus neuronas.
Se le aparecieron con nitidez los hijos que nunca tuvo, pero no pudo recordar el rostro de su mujer ni los ojos de su madre.
Cada uno tiene su particular forma de discurrir por la vida y de enfrentarse a la muerte, pensó. Y se quitó la vida.
Le encontró la señora de la limpieza. En la habitación predominaba un dulzón aroma a desconsuelo y melancolía. Apretaba en su puño la vieja lágrima de cristal. Sonreía.

3. Palabras agrias

Nunca le gustó su ciudad. Era gris e incómoda. Demasiada gente, demasiado ruido, demasiada indiferencia. Además, carecía de un lugar elevado y con buenas vistas donde refugiarse a masticar los recuerdos o el olvido.
Hubiera preferido vivir en Lisboa, donde cualquiera con unas monedas para el tranvía puede subir al castillo a llenar los pulmones de aire fresco y los ojos de un vasto paisaje. La torre de Belem, el río con sus puentes, el monasterio de los Jerónimos...
Nunca le gustó su vida. En su monotonía, echaba de menos acontecimientos importantes que le hicieran sentirse especial, aunque fuera sólo un par de veces al año. Le hubiera gustado acunar a un niño, viajar, subir montañas, dormir al raso, comer fruta del árbol, adormilarse a la sombra en las tardes de verano. Le hubiera gustado sentirse parte de un grupo, quizá una tertulia de café de lunes, miércoles y viernes.
Pero, por aquello de caesar caesaris, deus dei, había aprendido a vivir con su hipocondría. Ya decía Machado aquello de que el que duda termina dudando de su propia duda.
Nunca le gustó su mujer. O quizá sí, pero hacía ya tantos años... Con el paso de los años había aprendido a convivir con ella, aunque no recibía nada parecido al cariño. Todo lo contrario. Sólo odio y desprecio. Veneno y palabras agrias que le obligaban a buscar, al menos un par de veces al año, un lugar elevado desde el que echar a rodar su melancolía.
Hubiera preferido vivir en Granada, para llenar sus ojos con el color caramelo que deja el atardecer sobre la Alhambra.

4. Habitación acolchada

Sintió tres golpes secos detrás de la frente. Tres impactos muy seguidos, como si alguien estuviera llamando a la puerta con la palma de la mano. Al instante se dio cuenta de que había entrado un intruso. En la silla turca, donde debía encontrarse su hipófisis, se sentaba una figurilla hecha de desasosiego y ausencia. Una figurilla inquietante, de mirada felina, que hacía grandes aspavientos con sus tentáculos de medusa. Casi al instante sintió un pinchazo en la ingle y una gran desazón en el alma.
Le costó calcular bien las distancias. Cuatro dedos detrás del arco sin flechas de sus cejas. A medio camino entre los lóbulos parietales. Situó dos nebulizadores nasales, llenos de ácido, en cada uno de sus conductos auditivos. Y los presionó con todas sus fuerzas. No le dio tiempo a agitar violentamente la cabeza, como había planeado, para llevarse por delante al intruso, con la silla turca y todo.
Le levantó del suelo un enfermero vestido inmaculadamente de blanco. Tenía los ojos girados hacia atrás y numerosas erosiones en la traslúcida piel de la cara. Gracias a Dios la habitación estaba acolchada...

5. Masa crítica

Un escuadrón de gotitas se habían condensado en los cristales. Brillaban a la luz del flexo, como si fueran diminutos diamantes sobre el terciopelo negro de un joyero. Llovía. Súbitamente, como si lo hubieran ensayado mil veces, una gota se unió a otra y luego a otra más, hasta alcanzar la masa crítica. Y la gravedad impuso su ley. Comenzó a resbalar, zigzagueando trabajosamente entre la suciedad del vidrio. Dejó un rastro serpenteante. Cuando alcanzó el alféizar acumulaba gran cantidad de polvo. Tembló antes de caer a un vacío incierto. El niño, que había observado boquiabierto todo el proceso, comprendió en ese instante con absoluta claridad las grandes verdades de la vida y las grandes mentiras de la muerte. Luego las olvidó y siguió jugando.

6. Pena negra

Tiritaban en la vieja buhardilla. Un espacio frío, inhóspito en el que había tanta humedad en el ambiente como suciedad y polvo en el suelo. Pena negra. Comiendo lo justo, trabajando cuando y en lo que se puede. Robando cuando no queda otro remedio. Arrastrándose por una infravida, llena de moscas, chinches y liendres. Pelo sucio, alma reseca, ojos nublados. Lacrimales secos, legañosos. Ratas muertas. Miradas tristes.

7. Norma Jean

Siempre prefirió la Norma Jean en vaqueros a la Marilyn con interminables costuras en las medias... y en el alma. Siempre prefirió a la Natalia de alma rusa, llena de vida, a la Natalie Wood ahogada bajo la quilla del Splendor. Siempre prefirió a la Margarita Cansino con aroma español en sus venas que a la Rita Hayworth con un guante si y otro no.
Le gustaba más la sincera sonrisa andina de Raquel a los 18 años, que la excesiva belleza de la Welch convertida en el cuerpo. Prefería a Mary Jane espoleando a la sociedad de su tiempo con frases ingeniosas, que a la Mae West rodeada por plumas de marabú.

8. La última voltereta

Se le cuajó piel de escaras. Se le llenó al alma de fantasmas. Se le anegaron los ojos de lágrimas. Sintió un leve mareo, como si se hubiera desprendido una pieza importante en el delicado engranaje de su vida. Se quebró un eslabón de la cadena. Se rompió la piedra clave que sujeta todo el arco.
Ve su amasijo de piel y huesos desde arriba. Apenas se deja entrever algún músculo. Se ve a sí mismo observando la escena. No siente miedo, ni vértigo. Recuerda el Juan Salvador Gaviota, que tanto le gustaba. Qué difícil debe ser explicar la sensación del vuelo, se dijo. Y se decidió a probar. Al principio se contentó con un giro a izquierdas para volver a su posición inicial. Después un rápido ascenso para experimentar la vista de pájaro. Se imagina como un boomerang, buscando de nuevo la mano amiga que le ha lanzado. Luego se anima con volteretas, tirabuzones, piruetas carpadas.... Comprueba que la ingravidez da para jugar mucho. Disfruta. Al final siente miedo cuando quiere volver al cuerpo pero no puede, se ve arrastrado hacia arriba por una fuerza poderosa. Da una última voltereta y cierra los ojos.


9. Sale el Sol

Como esa guinda que flota en coñac, dentro de algunos bombones. Como la aceituna que bucea en un Martini. Como el hielo que se deshace en un vaso de tubo.
Como la sonrisa que brota en el rostro de quien está llorando y se avergüenza de su llanto.
Como la tormenta de nieve que se desata dentro de una bola de cristal.
Como el tenso resorte de un despertador justo antes de sonar. Como una lágrima rodando por la mejilla. Como una mentira rodando por la vida.
Como el gesto desesperado de un cobarde, como el arranque que le hace pasar por valiente.
Como la explosión de fósforo de una cerilla justo en el momento de entrar en combustión.
Pensó en la angustia que sentiría una pila, si tuviera conciencia, encastrada en un claustrofóbico alojamiento, perdiendo energía a cada momento y con el vertedero como único horizonte.
Uno puede cerrar los ojos, pero no puede evitar que el Sol salga a su hora.

10. Se vende sonrisa

Sobre la acera extendió con cuidado la vieja sábana. En el centro, justo en la intersección de las dos diagonales, colocó la cuerda anudada a las cuatro esquinas. El hombre observó la escena con tanta curiosidad como prevención. Pero el negro siguió indiferente con su trabajo. Movía con agilidad su gran osamenta. Dividió la sábana en dos mitades mediante una recta imaginaria. Sobre la parte izquierda colocó un ocaso en Albarracín, dos amaneceres en la playa y la lastimera mirada de un perro abandonado. Miedo. El cuerpo mojado. El alma aterida de frío. El brillo de mil estrellas sobre su cabeza. En sus cajas de plástico colocó varios lamentos, una aurora boreal que había recogido de un contenedor y media docena de miradas torvas.
En la parte derecha situó las frases y las palabras. Colocó, alineados, dos “¿necesitas algo?” y un “llámame y quedamos”. Una fila de “¿qué te pasa?” y otra de “ ¡gracias, muchas gracias, que Dios le bendiga!”
En el lugar más noble de la sábana hizo descansar su producto estrella, una amplia sonrisa. Dientes perfectos, blancos, enmarcados por unos labios de fresa bañada en chocolate. El hombre se acercó y le compró la sonrisa al negro de la gran osamenta. Éste guardó la moneda en el bolsillo y su alegría de vivir en lo más hondo de su recién estrenada tristeza...